viernes, 12 de agosto de 2011

Olmeco en el Soho

Olmeco es un artista mexicano, nacido en el corazón de la Selva Lacandona y heredero de una tradición política vinculada a la insurrección popular del EZLN y, simultáneamente, del legado de sus ancestros indígenas, quienes se unieron a la regional Chiapas del FLN desde sus primeras actividades en 1969 y, décadas después, al sendero libertario trazado junto a Marcos.

Fue en ese ambiente de resistencia que Olmeco se hizo adolescente, fue allí donde se involucró en la guerrilla y donde, tiempo después, señaló la importancia del giro hacia la lucha política en el seno de una sociedad democrática tras el desgaste generado por la larga, aunque episódica, confrontación armada. A este respecto, Olmeco afirmaba que "a veces, el hacer algo no conduce a nada" y que, por el contrario, cierta forma de la pasividad constituía la evidencia de una "diferente estructura temporal de América Latina" basada en una "política del ensayo" a la que podía encontrársele beneficio. Así pues, mezclando su acervo cultural y los muchos contactos obtenidos tras el intercambio de saberes y experiencias con un amplio espectro de visitantes a La Pesadilla, su campamento guerrillero, Olmeco supo aprovechar esta condición para darle forma a una idea que lo obsesionaba:

"¿Qué ocurriría si yo, un indígena de Chiapas, me insertara en la capital del país, entre mis congéneres desempleados y privados por el capitalismo de toda posibilidad de un vivir digno? ¿Qué pasaría si yo, uno más de esos que esperan en la calle con sus cartelitos de jardineros, albañiles y plomeros, ofreciera durante el día mis servicios como 'turista'?"

Con la ayuda de un par de artistas chilangos que habían visitado tiempo atrás el campamento, Olmeco puso en práctica su idea: llegó al DF, deambuló y, al encontrar a un grupo de indios desempleados, al ver sus cartelitos, se puso entre ellos y se declaró "turista".

Los amigos tomaron una foto a Olmeco parado allí en medio de esa multitud en paro y, cuando Olmeco conoció a Cuauhtémoc, por aquel entonces un curador emergente en la naciente escena artística de la Colonia Condesa, decidió mostrarle la foto.

Así comenzó su carrera, que pronto dio frutos en las más prestigiosas huertas del mundo del arte. Ser indígena, guerrillero y artista conceptual, por una vez en la vida, constituía un escenario muy favorable, un modo de discriminación positiva que catapultó a este curioso ejemplar de la hibridación cultural directo al circuito internacional.

Olmeco comenzó entonces a realizar acciones que registraba en video. Se trataba de gestos sencillos en los que confluían "el tiempo, el espacio y el movimiento". El chiapaneco empujó un gran cubo de hielo por las calles del floreciente Soho en Nueva York; caminó con una pistola cargada que acababa de comprar en la tienda de armas de un chino en Bowery, cerca del New Museum, hasta ser detenido por un agente de la policía. Al día siguiente rehizo la acción, con la colaboración del NYPD, para señalar las sutiles diferencias entre las cosas y su representación, justo como "esas cartillas para aprender a leer en las que sale un oso y abajo se deletrea O-S-O"; viajó a un lejano pueblito en los Apeninos donde contrató a una banda de músicos locales para que ensayaran una pieza mientras un pequeño Fiat Topolino intentaba remontar una dura cuesta. Cuando los músicos se equivocaban en la ejecución de la melodía, el pequeño carro se apagaba, retrocediendo al punto de inicio una y otra vez.

Olmeco caminó, dejando tras de sí una línea de pintura en el asfalto de distintas calles del mundo en las que tenían lugar luchas separatistas; diseñó pequeños carritos magnéticos que arrastraba por las calles de Tokyo, de Amsterdam o de Bruselas, para que a ellos se adhirieran los residuos metálicos del capitalismo: tapitas de gaseosa y de cerveza, tachuelas y tuercas sueltas; Olmeco recordó un viejo ritual de su pueblo y se dedicó en una y muchas ocasiones, a perseguir tornados, como una profunda metáfora del "deseo humano fundamental de perseguir lo inalcanzable".

El éxito de Olmeco fue algo que no cabía no esperar.

Un día, el MoMA organizó una gran retrospectiva sobre Olmeco que ocupó también el espacio de PS1. El público enloqueció, la crítica habló, la revista Vogue reseñó el trabajo de esta "mente peligrosa" e, incluso, una columnista del Espectador viajó desde Bogotá para visitar fascinada la muestra y escribir un artículo en el que nos hablaba extasiada de este indígena que conquistó al gran mundo blanco del arte.

En su texto, celebraba eufórica el hecho de "el museo en el que tiene lugar la concurrida exposición que he narrado no es uno dedicado a los chistes de primera escena – segunda escena – título de la obra, sino el Museo de Arte Moderno de Nueva York", un museo que finalmente había dado el giro decolonial para hacerse, gracias a esta exhibición, "transnacional y sensible a los problemas" del resto del mundo, presentando la dignificación de Olmeco, ese insignificante indígena zapatista que había conquistado el centro del mundo, transformándose en el "prometéico portador de un saber estético y social" que reposicionaba a América latina, cerrando las heridas de sus venas, abiertas por el cuchillo de la explotación primermundista.

A los lectores bogotanos de su reseña les parecía extraño que se comentara con tanta pasión un conjunto de obras muy similar a otro presentado tres años atrás en la Atenas Suramericana, les parecía extraño haber visto esas obras antes que el distinguido público de la Gran Manzana y les parecía extraño que un texto tan apasionado no se hubiera escrito sobre la expo que ya se había visto aquí; pero bueno, es que "Bogotá no es Nueva York, mariqui, y usted no estuvo allá de paseo para chicanear", tal cual me dijo uno de esos lectores.

1 comentario:

lina dijo...

Bien desubicado ese Olmeco, que habría de hacer un olmeca en Chiapas? anda como Tintin en el Congo.
Depronto es familiar de este otro Olmeco, reputado artista conceptual precolombino
http://pablohelguera.net/2010/05/las-aventuras-de-olmeco-beuys-2010/